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Baños públicos de Japón se reinventan para mantenerse a flote
Un grupo de ancianos, cada uno con su toalla, jabón y champú, ingresa a Inariyu, uno de los pocos baños públicos a la antigua que aún quedan en Japón.
Con sus bañeras comunes, murales brillantes del monte Fuji y puertas corredizas de madera, Inariyu, en Tokio, es un ejemplo clásico de un sento, como se llama a los baños públicos japoneses.
Los sentos estaban por todas partes en los centros urbanos, pero fueron desapareciendo a medida que mejoraba el confort sanitario de las viviendas.
En todo el país, el número de baños públicos cayó a unos 1.800, diez veces menos que a fines de los años 1960, cuando contaba con 18.000.
Los propietarios de los sentos se sienten más tentados que nunca a vender sus terrenos, presionados por el deterioro de su maquinaria, el alto precio del gas y el desinterés de los jóvenes en asumir el negocio.
Algunos como Inariyu han sido renovados, mientras otros se reinventan como locales de moda o utilizan el análisis de datos para reactivar el negocio.
Una persona que milita para salvar a los baños del barrio es Yasuko Okuno, que los considera como una forma de relajarse después de trabajar tarde.
"Día tras día, mi mente estaba cansada. Incluso cuando iba a casa, no podía olvidar el trabajo", comentó la mujer de 36 años, quien escribe para la Asociación Sento de Tokio.
"Entonces fui a un sento por primera vez en mucho tiempo y sentí que me levantaron un peso de encima. Había un baño grande y la gente me saludó cariñosamente", contó a AFP.
Con el tiempo, el sento "comenzó a parecerse a un segundo hogar".
Japón nunca impuso estrictos cierres por covid-19, y sitios como gimnasios y sentos permanecieron abiertos incluso cuando las empresas adoptaron el trabajo en casa y los restaurantes acortaron sus horarios de apertura.
Las mascarillas son comúnmente usadas en trenes y otros sitios públicos, pero no se exigen en los sentos, aunque se recomienda el distanciamiento social y tomar el baño en silencio.
Para muchos ancianos, es una "rutina diaria" que no querían suspender por la pandemia, y algunos prefieren bañarse con otros cerca en caso de caerse, indicó Yasuko.
- Sentido de urgencia -
Los cierres de baños públicos pueden erosionar los lazos comunitarios, indicó Sam Holden, cuya organización Sento & Barrio usó una donación de unos 200.000 dólares del Fondo Mundial de Monumentos para renovar Inariyu y un edificio tradicional contiguo.
El grupo quiso mantener el ambiente acogedor del baño público, construido en 1930 en el norte de Tokio, una zona de caminos estrechos entre las casas.
Inariyu tiene clientes de todas las edades, incluyendo "mucha gente mayor, algunos de los cuales viven solos y tienden a estar aislados", señaló Holden, un estadounidense de 32 años radicado en Tokio hace casi una década.
"Mis colegas y yo tenemos un sentido de urgencia en querer preservar algunas de estas estructuras históricas antes de que las conviertan en edificios de apartamentos y cosas así".
Los usuarios pagan 500 yenes (3,7 dólares) para entrar al baño, una tarifa fijada por el gobierno de Tokio.
Dejan sus zapatos en un pequeño casillero, se desnudan en un vestuario y se duchan antes de relajarse en bañeras de distintas temperaturas.
A diferencia de los baños termales, conocidos cono onsen, en los sentos el agua es calentada con gas.
Shunji Tsuchimoto, quien administra Inariyu junto a su esposa, dijo a AFP que el baño público paga 50% más por la energía que el año pasado.
Espera cubrir la diferencia con la atracción de clientes jóvenes a eventos en los edificios renovados.
- De moda -
En el este de Tokio se encuentra el baño público Koganeyo, que reabrió en 2020 con una reforma total que le permite atraer a jóvenes.
En un sábado reciente, la casa estaba llena de jóvenes que bebían cerveza artesanal y escuchaban discos de vinil.
Kohei Ueda, un trabajador tecnológico de 25 años, viajó una hora para ir a Koganeyo con un amigo.
"Tengo la imagen de que los sentos son para los abuelos", admitió. "Pero un sento como éste es más moderno y no como aquello (...) Me siento cómodo aquí".
En el sento Kom-pal, el dueño Fumikata Kadoya, de 36 años, logró aumentar la clientela con su conocimiento del análisis de datos.
Los datos le permitieron tomar decisiones empresariales, como contratar personal femenino para fomentar la llegada de mujeres, y abrir los domingos en la mañana.
"Los sentos siempre han sido parte de la cultura japonesa", declaró Kadoya a AFP, y ahora dejar todo en un casillero mientras te bañas puede ser una especie de "desintoxicación digital".
"Pienso que eso es lo que necesitan los jóvenes hoy en día", dijo.
M.García--CPN